Durante nuestra vida pasamos por varias etapas. En nuestra niñez donde lo que llamamos “inocencia” se encuentra latente, empezamos a ser bombardeados con los prejuicios particulares de nuestros padres y familiares. Luego, estos prejuicios se proyectan en la escuela y los compañeros. Utilizo la palabra prejuicio porque la misma, como todos ustedes saben es una palabra compuesta: pre-juicio o sea pre-juzgar.
Ejemplo más sencillo es cuando empezamos a jugar con otros niños: no se discrimina por color, condición social ni sexo. Si hacemos un experimento sencillo, la naturaleza obra por sí sola: habrá niños que quieren jugar y compartir con niños, niños con niñas y vice-versa así como niñas con niñas. Sin embargo, nuestros padres, basado en lo que le enseñaron, vieron y adoptaron del medio ambiente, comienzan a enseñarnos que las niñas juegan con mu ñecas, los niños con carritos, o que no se puede estar con “ese negrito o negrita”, promueven las “noviecitas” en los niños y el “amiguito” en las niñas. Así comienza, tan sencillo, el prejuicio.
A esto le sumamos, cuando vamos en el carro de nuestros familiares y por esa casualidad una mujer da un “corte de pastelillo”, no importa si es mujer u hombre quien va guiando (la mayoría de las veces las mujeres son las peores enemigas de otras mujeres) que escuchamos: “tenía que ser una mujer la que está guiando”. Lo mismo pasa si es una persona de raza negra al escuchar “tenía que ser negro” ó si es de noche se comenta: “si no es por los dientes, no lo veo porque es mas negro que la noche”.
En la adolescencia se pone peor. Los ejemplos del hogar y los “estereotipos” se recrudecen no solo dentro del seno de la familia ya que se suma el bombardeo en los medios: los jóvenes tienen que ser “machitos” y dar puños porque si no lo hacen, se consideran afeminados o “sensibles” y en cuanto las jóvenes, mientras se vistan “femeninamente”, a veces promoviendo hasta que enseñen las carnes y estén con muchachos (que en muchas ocasiones las propias familias lo promueven y hasta le meten al muchacho entre las piernas), todo por probarle a quien sabe quien, que son mujeres.
¿Y dónde quedamos nosotros? Pues en el jamón del sándwich. Mientras la familia tiene autoridad, nos imponen. Nos hacen ser lo que no somos o nos obligan a tener una “doble vida” para jugar el juego.
¿Son culpables nuestras familias? A esto te contesto que no. ¿Por qué? A esto es lo que yo le llamo “el pecado de la buena fe”. Todos sabemos que no venimos con un libro de instrucciones y cada cual hace lo que mejor entiende que debe hacer. El razonamiento es que, si pude sobrevivir y llegar a donde llegué pues quizás ese es el libro de instrucciones. Algunos asumen la responsabilidad, otros no. Y los que no la asumen, es porque el propio sistema y sobre todo, la religión, promueve que metan mano, tengan muchachos y en el momento de la verdad, ni el sistema ni la religión te van a dar de comer ni te van a dar una mano para bañar el bebé.
Al sistema no le conviene enseñarte a pensar. Le conviene que tu estés en automático y te creas que la vida es como las novelas de la televisión: el hombre que deja preñada a la muchacha pero que luego que le hace mil poca vergüenzas, al final, vuelve con ella; los que matan o golpean sin que la justicia los coja ni nadie los delate, el hombre que tiene muchas mujeres locas por acostarse con él y la que piensa que pariéndole va a quedarse con ella.
¿Cuál es entonces la razón de nuestra existencia? Dice una leyenda que cuando el ser humano conoció el bien y el mal, se avergonzó de su propio cuerpo y la gran fuerza, escondió en sus corazones la razón de su propio ser. Es por esto que es tan difícil encontrarla ante este sistema que lo que promueve es mantenerte entretenido con todo lo que promueva los sentidos.
Luchamos por la igualdad. ¿Cuál igualdad? La igualdad de derechos que tienen todo ser humano a existir. La igualdad comienza con la individualidad del ser humano. No se puede establecer clases, discriminaciones ni prejuicios por el simple hecho de decidir con quien queremos convivir. Quizás ya tienes pareja (o has tenido varias) y ahora eres estable. Quizás no te interese el matrimonio porque como estás, vives muy bien. Pero eso no significa que critiques o no apoyes a otras parejas que luchan por su derecho al matrimonio. Los heterosexuales tienen la opción de casarse si quieren y si no quieren también. No es justo que nosotros no tengamos esta opción.
Ya logramos que no se nos considere criminales. Podemos en libertad decidir con quien compartir íntimamente. Eso es sólo el principio. No podemos quedarnos ahí. Si pudimos pensar y realizarnos a pesar de tener al mundo en contra y con orgullo ser lo que somos, tenemos que trascender el orgullo por dignidad. Es tiempo que nos preguntemos: ¿Cuál es la razón de nuestra existencia? Quizás ya hiciste todo lo que tu crees es bueno para ti. Y los demás, ¿no importan?
ú tienes la fuerza. Ya Massachussets dio el paso. Nueva York acaba de darlo. En España ya es un hecho y se siguen sumando países. ¿Y nosotros qué? Piénsalo y tú decides. Sólo tu corazón tiene la respuesta porque ahí está la razón de nuestra existencia. |